Intocable

Esa noche la brisa aliviaba la humedad sofocante del río. El candil iluminaba la estancia proyectando sombras que parecían esconder fantasmas pasados. Ella cerró los ojos centrándose en los sonidos del exterior. A lo lejos unas pisadas firmes se acercaban como tantas otras veces.

Recordó como esa misma mañana el viento azotaba suavemente el algodón del campo. Las manos oscuras de Siara contrastaban con cada rama que agarraba. El sol hacía resplandecer su piel bruñida y acentuaba las grietas de sus labios resecos.

Casi inconscientemente, acarició su frente tapada por el pañuelo azul, en un gesto inútil por parar momentáneamente los rayos y darse un suspiro. Su mirada se dirigió a las vastas tierras que tenía delante de sí, donde sus compañeras, sus amigos, su familia, castigaban sus espaldas recolectando la preciada nube.

El negrero controlaba todo desde la comodidad de la sombra. Ella tenía miedo de cerrar sus ojos tan sólo un segundo. Si lo hacía, imágenes terroríficas le venían a la mente. Las piernas le temblaban con tan solo recordar el fétido aliento del hombre en su cuello.

Él los entrenaba para estar muertos, para guardar silencio. Se había sentido tan sometida que había aprendido a no quejarse, a no rebelarse. Cuando había intentado lo contrario, había sido incluso peor. El mapa dibujado en su espalda daba cuenta de sus desplantes y negativas.

Él lo había hecho muy bien con ella y con todos los que estaban allí.

-Negra, sigue recogiendo, vamos, ¡de rodillas!

La ira le recorrió el cuerpo a la vez que un empujón volvía a colocarla en su posición natural. Del delantal cayó un pequeño cuchillo que había metido allí esa misma mañana. Como pudo, lo escondió con sus manos hasta que la sombra del hombre se alejó lentamente.

Lo aferró como si fuera lo único que le quedase y en cuanto pudo, volvió a esconderlo entre su ropa. Estaba agotada de esperar. De sólo valerse de su conformismo, pasividad, y aparente nulo pensamiento. De soportar el peso y sudor de aquel desalmado que la tomaba cada noche. Cansada del silencio de sus congéneres y del cuidado de sus heridas causadas ante su infructuosa resistencia.

El estómago se le revolvió y sintió una bocanada de bilis en la garganta mientras volvía a su presente. La puerta se abrió sin dificultad dejando ver la silueta de aquel ser repugnante. Las sombras de los vértices de la sonrisa del depredador resultaron escalofriantes.

Sin mediar palabra comenzó a acercarse, despreocupándose ante el hecho de cerrar para que nadie los viera. Ella retrocedió sintiendo erizarse su piel. Unos dedos fuertes asieron su brazo izquierdo e intentaron voltearla para abusar de su cuerpo. En lo que dura una respiración, agarró con fuerza el cuchillo que seguía escondido entre su ropa y se lo clavó a la bestia en el antebrazo.

Los gritos fueron atronadores, y los dedos se hundieron más y más en su carne haciéndola retorcerse. Volvió a hacerse con su arma dispuesta a clavarla nuevamente. Un forcejeo hizo que él cayera hacia atrás. Las uñas laceraban la carne. Los dientes rasgaban la piel. Un bofetón sonó en el silencio repentino de la noche. Manos alrededor de su cuello impedían que el aire pasara.

El candil cayó al suelo iluminando con llamas frugales la habitación, antes de que la oscuridad lo tapara todo. Siara volvió a empuñar el arma. La hoja se alzó y cayó. Los cuerpos se golpearon contra el suelo. El sabor a sangre colmaba sus bocas. El arma se volvió a empuñar y fue certera en su cometido.

La luna fue testigo silencioso de los pasos hacia el campo previos a la muerte.

El algodón amaneció escarlata y negro. Un cuerpo sin vida descansaba por fin en medio del cultivo. Las innumerables manos se limitaron a recogerlo siendo cómplices del pacto que habían firmado con Mandinga. El negrero les observaba magullado bajo el toldo. La vida valía un jornal más arrodillados.

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