Creía que en tus ojos todavía habitaba el brillo de nuestra primavera. Si me concentraba, volvía a mí el olor a campo y lluvia fresca en la tierra manando por nuestros poros. El loco cantar de tus aves atronaba mis sentidos. Nos mecíamos en una espiral de libertad sin límites de la mano del embriagador choque del viento contra los mil y un colores de las flores.
Nuestras aproximaciones naturales, provocaban el brotar de la vida a cada paso. Entre risas, contemplábamos con admiración el estallido de esta locura de estímulos, arrastrándonos por cada diminuta espora de polen que surcaba el ambiente. Movilizábamos nuestro nuevo ser como si acabásemos de nacer en este mundo, y jugueteábamos con nuestras formas, poniendo a prueba nuestras capacidades. Te volvían loca mis susurros de viento nocturno. Yo creía extasiar con tus gotas de rocío.
Recordaba el sol del verano atravesar las nubes y cómo ardía el mundo. La pasión desmedida en mi rojo anochecer. El sonido de nuestros grillos rompiendo el silencio de la noche. Las caricias de mi mar en tu orilla de la playa y el suave murmullo del zumbar de mis abejas. Escuchaba la chicharrera de por la tarde, cuando somnoliento me desperezaba en tu modorra, inundándome de tu sofoco y anhelo.
Cuando parecía que iba a desfallecer, el frescor de la tarde volvía a romper cualquier atisbo de silencio a favor de la jarana de nuestros pájaros en la hora mágica. Con tus amaneceres irrumpías en la penumbra inundando de despertares el mundo, sin remedio y sin consuelo, para sumir como cada día nuestra vida en calor, sudor y sonidos ocultos.
No obstante, el otoño llegó sin remedio. El calor dejó paso a la brisa. El frescor de las mañanas declinaba en días más tranquilos. Cuando arreciaba mi tormenta, nos bañaba, sin remedio, calándonos hasta lo más profundo. El ardor ya no secaba todo como antes, y nos deleitábamos en el olor de tu suelo mojado y nuestros vagos intentos de escampar abrazados.
El fantasma de la primavera intentaba florecer en vano, en nuestras punzadas de granizo. El último rebrote de la hierba se veía ahogado en nuestra tempestad. La esperanza de volver a henchirnos con el calor y el aroma del cielo despejado fue cubriéndose de nubes.
Poco a poco, simplemente dejamos que las hojas cayeran en silencio, acompañadas por la desidia y el devenir de mi viento que las movía a su antojo. Tus aves se silenciaron y en ese cielo gris que presidías, fueron lentamente volando hacia otros parajes. Los sonidos de tu esencia se transformaron en mis truenos y se iluminaron, como nunca habían acostumbrado, con relámpagos rápidos y certeros. Los pequeños habitantes del universo abandonaron mis árboles desnudos. Nuestra verde pradera, dejaba paso a marrones y amarillos que avanzaban sin sentido.
Cuando quisimos darnos cuenta, sobrevino el invierno. Nuestro invierno. La vehemencia de tus olas rompiendo en mi acantilado ensordecía el resto de la escena. Mi viento huracanado despeinaba nuestra calma y rompía tus ramas sin control. Tu nieve, acompañada por nubarrones cada vez más oscuros, congelaba los intentos de brillar mi sol. El exangüe esfuerzo por florecer de mis alocadas intenciones, se veía aplastado ante nuestra nueva realidad.
Demasiada ropa cubriendo nuestro frío decidido a quedarse, nos impedía volver a revivir los días de verano. Y cuando parecía que los rayos de tu sol asomaban tímidamente, mis deseos inconscientes de tormenta los ocultaban.
No encendimos suficientes hogueras para caldear las cumbres blancas conquistadas. Lejos quedaba el prado y la primavera de nuestros días. Las briznas de hierba que un día, tímidas pero seguras, comenzaron a llenar nuestra campiña, habían ido desapareciendo, en aras de árboles y flores que no llegaron a prosperar. Ya no abonaría tus pastos ni tú enjambrarías mis panales secos que antes abundaban en miel. La luz de nuestras mañanas no se compararía con la oscuridad de las noches sin tu luna y estrellas titilantes.
Nos quedamos sin estaciones. Solo dos personas errantes en un vasto mundo que recorrer. Rendidos a la incertidumbre que suponía la vida cuando la habíamos agotado con tanto desenfreno.