Renacer

Sus ojos verdes se clavaban en aquel árbol al que había sucumbido. Como si la naturaleza hablara por si misma, un suave viento sopló haciendo que el pelo lamiera su espalda, brazos y rostro. La hierba que cubría todo aquel entorno ya no se sentía tan suave como siempre y el sol que simplemente le había calentado durante toda su existencia, hacía que su piel ardiera, invadida por sus rayos.

Miró su propio cuerpo, su vientre y sus senos desnudos. Se abrazo a sí misma, amando cada molécula de su ser, y echó la cabeza hacia atrás para observar los pájaros que habían alzado el vuelo. Una lágrima se deslizó, muda, por su rostro, confundiéndose con las producidas por el deslumbrar de la mañana, pero cargada de un significado que nada tenía que ver con aquello.

Ella no había sido capaz de seguir con esa farsa. No podía permitir que la ignorancia reinara en la mente de su descendencia. La angustia por haberla hecho escoger entre la comodidad, la perfección y los suaves lazos del conformismo vacuo de esencia; o por una rebelión de carácter y determinación que daría las alas de la sabiduría a sus generaciones, estaba atrapándola desde hacía mucho tiempo.

Había pasado noche tras noche divagando con ella misma sobre el objeto de todo esto, y siempre llegaba a la misma conclusión: la vida tenía que ser algo más. Más que el gozo y el disfrute de la cotidianeidad. Más que los abrazos sencillos de su amado, más que la ausencia de preguntas sobre el sentido de la existencia.

Sus pensamientos se enroscaban como una serpiente a su cuerpo, y se ceñían a éste haciendo que el aire le faltara. Las escamas se deslizaban por sus piernas, caderas, cintura, torso, hombros y cuello, poniéndola frente a frente con la mirada profunda que le juzgaba. Aunque intentaba buscar refugio en su pareja, éste no terminaba de completar aquel hueco que cada día era más grande.

Luchaba contra los sentimientos y la inquietud. Miraba al custodio de aquel sitio con el recelo de quien ha sido engañada. Le habían prometido paraíso, pero la espada flamígera gritaba cárcel. Negó en multitud de ocasiones aquello que le estaba siendo revelado y buscó refugio en sus creencias y la espiritualidad que la creación le ofrecía. Cada vez, las palabras que le habían repetido con tanta frecuencia, tenían menos sentido.

Aquel día, como arrastrada por una fuerza invisible, decidió acabar con todo. Tomó la firme decisión de coger aquello que le había sido negado durante toda su existencia. Caminó con firmeza por el prado, absorbida por la magnitud de aquel manzano. Anduvo de la mano de la inseguridad hasta que tuvo el objeto de conocimiento entre sus manos, y con un nudo de miedo en la garganta, simplemente, lo saboreó. Lo que jamás imaginó fue que la verdad sería tan arrolladora.

Una ola de saber arrasó con su realidad. Donde día tras día había visto simpleza, ahora encontraba un mundo de posibilidades. Como si sus ojos fueran capaces de ver lo que antes no era discernible, su entorno le reveló su auténtica naturaleza, a la vez, que aquella sensación reptiliana de asfixia desaparecía y la liberaba.

Tomó una bocanada de aire y gritó como nunca lo hubo hecho, ávida de curiosidad e imaginación. Desbordante de una creatividad que vivía en la sombra de su mente. La vista se le nubló y antes de caer pudo observar cómo su compañero llegaba hasta ella. Embriagada por los estímulos que la rodeaban, identificó en él algo que nunca había experimentado y que más tarde llamaría preocupación.

Ella le contó lo que acababa de descubrir. Pasó horas relatándole aquello para lo que ahora tenía palabras. Le mostró como aquel escenario era puro imaginario. Con vehemencia, narró el engaño en el que se encontraban. Le explicó su necesidad de encontrar el origen de la vida, más allá de su imaginaria tranquilidad. Le habló del futuro de sus hijos, y de los hijos de éstos. De la humanidad y de la verdadera dicha.

Él parecía luchar por entender lo que estaba escuchando, inmerso en la más honda confusión. Cuando ella se dio cuenta de que sin saborear aquello jamás entendería la profundidad de los actos, le ofreció la sabiduría entre sus manos. La cara de él era de absoluto terror, pero con la confianza inusitada de quienes han compartido años de soledad, rescató la determinación. En ese momento, Adán mordió la manzana y todo cambió.

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