Mi Carlota volvía a jugar con las muñecas. La habitación se llenaba de una energía especial, orquestada por sus risas y los movimientos de un lado a otro de sus manos. El sol bañaba la estancia y la convertía en un espacio casi celestial en el que ella era la protagonista. Los cuentos brillaban en las paredes, y su colcha de pájaros estaba llena de peluches, haciendo de aquel lugar, el perfecto espacio para crear historias.
Sus ojos de un infinito azul celeste expresaban todas las emociones posibles. La sorpresa bailaba en su rostro, la preocupación fingida, disfrazada en su ceño, asomaba cuando la historia se volvía compleja; la tristeza, fugaz e infértil protagonizaba la curva de sus labios. Y la sonrisa. La sonrisa era espectacular. Abrazaba todos y cada uno de sus gestos, en una conexión tan íntima con ella, que hipnotizaba el verla.
-Papá, ¡ven! ¡Corre! Tenemos que llevar a Pulguitas al veterinario -decía mientras vestía con un jersey al diminuto perro de juguete-.
Mis pies descalzos, sintieron la mullida moqueta blanquecina a medida que me acercaba. Cuando estaba lo suficientemente próximo, en un estado de absoluto anonadamiento, me arrodillé a su lado. Me embargaba la emoción. Contuve las lágrimas de felicidad que me producía escuchar su voz cantarina.
Fui a acariciarle una de sus doradas coletas revueltas, y antes de que la alcanzase, se giró pizpireta y me entregó un muñeco a medio vestir.
-Venga papá que no te has puesto el abrigo todavía y llegamos tarde.
Miré mi representación de plástico, y con menos maña de la que esperaba, le puse la chaqueta blanca. No sabía cómo ella lo hacía tan sumamente bien. A mí siempre se me quedaban enganchadas las manos del muñeco en las mangas de su ropa. Cuando se percató de mi torpeza, me regaló la mirada más dulce que jamás he visto, y me ayudó sin pensarlo. Ella era Carlota. Mi Carlota. Mi niña del alma, siendo como siempre, auténtica y perfecta en su imperfección.
Antes de que pudiera darme cuenta, se había puesto un fonendoscopio y llevaba una cofia de veterinaria. Auscultaba a Pulguitas mientras fingía que el animal tenía tos.
-Creo que es sólo un catarro. Tendrá que tomar un jarabe. Pero éste es muy caro. ¿Sabe una cosa? – La mire con expectación-. Tenemos una máquina mágica aquí. Es como un túnel y seguro que si su mascota pasa se pondrá bien en seguida. ¿Quiere que probemos? -Se me escapó un suspiro divertido-. ¡Papá vamos! ¡Di que sí! A ti te parecía muy buena idea, seguro que así te ahorrabas el dinero del jarabe.
-Sí, claro -la insistencia de la pequeña, desapareció automáticamente, dejando paso a la ilusión por usar su nueva máquina de la clínica veterinaria-.
-¡Estupendo! Vamos a ello. Pulguitas estate tranquilo. Todo va a ir bien. A lo mejor oyes algún ruido, pero es normal. Papá no te preocupes, ya verás como Pulguitas se recupera.
Introdujo al perro dentro de la especie de cilindro. “Pi, pi, pi”. Un pitido acompasado acompañaba la maniobra. Carlota me miraba sonriente, encantada con todo aquello. “Pi, pi, pi…”. El pitido se intensificó y aceleró. Algo no iba bien, pero su sonrisa y la dulzura de sus ojos no cesaban.
El sonido se hizo cada vez más fuerte y continuo hasta que abrí los ojos. Volví a la habitación gris del hospital. Las enfermeras entraban corriendo a atender a mi niña, a mi pequeña del alma, que luchaba por resistir.
Me levanté corriendo de la silla acortando la distancia con ella. La ansiedad me retorció por dentro con la necesidad de poder hacer algo. De hacer que despertase. Ella no respondía a nada de lo que hacían. Su cuerpo, se mantenía inmóvil ante sus acciones.
El pitido constante no se interrumpió hasta que una de ellas apagó la máquina. Nadie quiso decir nada. El mundo enmudeció. Las lágrimas que hace un rato contuve brotaron libremente. Alcé la mano y, entonces, acaricié las ondas rubias de una de sus coletas. Ahora, Carlota volvía a jugar con las muñecas.